En la adolescencia, la frase “todos lo hacen” suele repetirse con frecuencia en los hogares y se convierte en uno de los principales puntos de tensión entre padres e hijos. Sin embargo, detrás de esta expresión no hay únicamente rebeldía, sino un profundo deseo de pertenencia y de integración social.
Así lo explica el psicoterapeuta Antonio Ríos, especialista en terapia familiar y de pareja y autor del libro La travesía de la adolescencia, quien señala que la presión de grupo es un factor determinante en la conducta de los jóvenes.
De acuerdo con el especialista, la presión de grupo se define como la influencia emocional y psicológica que ejercen los pares sobre un adolescente, al punto de modificar su comportamiento, sus valores, su forma de vestir e incluso su manera de pensar. A diferencia de otras etapas de la vida, en la adolescencia esta influencia puede ser lo suficientemente intensa como para provocar cambios profundos en la conducta.
Ríos explica que esta sensibilidad se debe, en gran medida, al proceso de construcción de la identidad y al surgimiento del primer gran sentido de pertenencia elegido. A diferencia de la infancia, donde las amistades dependen del entorno familiar o escolar, en la adolescencia los vínculos se construyen por elección, lo que fortalece la lealtad al grupo.
“Actúan por temor a que los dejen aparte, a no ser incluidos o a no ser llamados”, señala el especialista, al destacar que el miedo a la exclusión es uno de los motores más potentes en esta etapa. Este temor, añade, puede llevar a los jóvenes a adoptar comportamientos que no necesariamente comparten, pero que consideran necesarios para encajar.
En este contexto, el psicoterapeuta subraya que la búsqueda de identidad es un proceso central en la adolescencia. Los jóvenes atraviesan una etapa de transición en la que dejan atrás su identidad infantil y comienzan a explorar quiénes son, lo que los lleva a probar distintos estilos, gustos y formas de relacionarse.
Ríos advierte que uno de los errores más comunes de los padres es asumir que los adolescentes ya cuentan con una personalidad plenamente formada. En realidad, explica, esta aún está en construcción y es especialmente vulnerable a la influencia del entorno social.
Las señales de que un adolescente puede estar cediendo a la presión de grupo incluyen cambios en sus hábitos, horarios, conducta, comunicación familiar y círculo de amistades. También pueden presentarse actitudes de mayor reserva, evasión de información o justificación constante de sus decisiones.
El especialista recomienda que los jóvenes cuenten con herramientas de apoyo como la asertividad, el fortalecimiento de la autoestima y el desarrollo del pensamiento crítico. Además, destaca la importancia de que la información sobre la presión de grupo no provenga únicamente de los padres, sino también de figuras de autoridad cercanas como docentes o entrenadores.
Finalmente, Ríos advierte que el impacto de las redes sociales ha intensificado este fenómeno. Hoy, la presión de grupo no se limita al entorno escolar, sino que se mantiene activa de forma constante a través del uso del teléfono móvil, generando comparaciones permanentes y fenómenos como el FOMO, que pueden afectar la autoestima y la salud emocional de los adolescentes.


