La gastronomía de Querétaro también se cuenta a través de costumbres que van más allá de las recetas. Una de ellas es el chical, una expresión vinculada con la tradición comunitaria de ofrecer comida a los invitados para que pudieran llevar una porción a casa.
Aunque hoy es una palabra poco conocida, el término forma parte de la memoria culinaria del estado. Su significado está relacionado con el itacate, la comida que se prepara o entrega para consumir después, y refleja una forma de hospitalidad en la que compartir los alimentos era parte importante de la convivencia.
La tradición permite acercarse a una dimensión menos visible de la cocina regional: aquella que no se limita a los ingredientes o a la preparación de un platillo, sino que también comprende las ocasiones en que se cocina, la manera de recibir a los visitantes y los vínculos que se fortalecen alrededor de la mesa.
El chical fue documentado en una investigación gastronómica del escritor Agustín Escobar Ledesma, publicada bajo el título Chical. Gastronomía queretana. La obra reúne información sobre las costumbres alimentarias de diversas regiones del estado, desde los Valles Centrales y el semidesierto hasta la Sierra Gorda.
El recorrido por estas tradiciones muestra la diversidad de la cocina queretana y la influencia de las comunidades, sus celebraciones y sus formas de organización. En cada región, los alimentos guardan relación con los productos disponibles, las prácticas heredadas y las festividades que reúnen a las familias.
Recuperar palabras como chical también ayuda a reconocer que el patrimonio gastronómico no está compuesto únicamente por platillos emblemáticos. Las costumbres de compartir, los saberes transmitidos entre generaciones y las formas de hospitalidad son parte de una historia culinaria que merece conservarse.
Así, el chical representa una invitación a mirar la comida queretana desde su dimensión cultural: no solo como algo que se prepara y se consume, sino como una expresión de identidad, memoria y convivencia.


