El próximo estreno de la secuela de «El diablo viste a la moda» vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno que Hollywood ha explotado durante décadas: las villanas suelen tener algunos de los estilos más memorables de la pantalla grande, al grado de que en ocasiones logran robar protagonismo a las heroínas de la historia.
Personajes como Cruella de Vil, Maléfica o Miranda Priestly se han convertido en referentes visuales porque combinan poder, sofisticación y una imagen cuidadosamente construida. En el cine, la apariencia de una antagonista no es un elemento secundario, sino una herramienta narrativa que ayuda a definir su personalidad, autoridad e influencia.
La especialista en maquillaje y peluquería Ana López-Puigcerver explica que estos personajes suelen ser representados con rasgos más intensos y estilizados, ya que el lenguaje visual busca elevarlos y darles una presencia casi imponente. Maquillajes marcados, peinados impecables, tonos oscuros o labios llamativos son algunos recursos utilizados para reforzar la idea de una figura dominante.
Un claro ejemplo es Miranda Priestly, interpretada por Meryl Streep en «El diablo viste a la moda», un personaje inspirado en la editora de moda Anna Wintour. Su imagen representa la combinación entre autoridad, lujo y perfección estética, elementos que la convirtieron en uno de los personajes más reconocibles del cine contemporáneo.
El sociólogo y crítico de moda Pedro Mansilla señala que muchas villanas logran destacar porque su estilo funciona como una forma de compensar o transformar su imagen, convirtiendo la apariencia en un símbolo de poder y personalidad. En estos casos, la elegancia no solo responde a la belleza, sino a la construcción de una identidad visual.
Cuando la sofisticación se combina con una belleza considerada tradicionalmente atractiva, el efecto puede ser todavía más impactante. Ejemplos como Angelina Jolie en «Maléfica» o Charlize Theron como la reina Ravenna en «Blancanieves y el cazador» muestran cómo el cine utiliza la belleza y el exceso visual para crear personajes memorables.
Sin embargo, la elegancia llevada al extremo también puede generar una sensación de artificialidad. Mansilla destaca que existe una diferencia entre una imagen perfectamente calculada y aquella que transmite naturalidad, comparando estos estilos con figuras como Grace Kelly o Audrey Hepburn, quienes representaban una belleza más sencilla y equilibrada.
Más allá de la ropa o el maquillaje, la diferencia entre protagonistas y antagonistas está en la manera en que son presentadas. Mientras las heroínas suelen mostrar evolución, vulnerabilidad y cercanía con el público, las villanas aparecen como personajes definidos desde el inicio, conscientes de su imagen y del impacto que generan.
Aunque la fórmula no es absoluta, los expertos coinciden en que el cine ha demostrado una y otra vez que la maldad también puede tener estilo, y que en muchas ocasiones la apariencia más elegante pertenece precisamente al personaje que representa la amenaza.


